Si la Nación es pobre, vivan pobremente el rey y sus ministros
Hay en la actualidad, mi querido Alfonso, en nuestra España una cuestión temerosísima: la cuestión de Hacienda. Espanta considerar el déficit de la española; no bastan a cubrirlo las fuerzas productoras del país; la bancarrota es inminente… Yo no sé, hermano mío, si puede salvarse España de esa catástrofe; pero, si es posible, sólo su rey legítimo la puede salvar. Una inquebrantable voluntad obra maravillas. Si el país está pobre, vivan pobremente hasta los ministros, hasta el mismo rey, que debe acordarse de don Enrique el Doliente. Si el rey es el primero en dar el gran ejemplo, todo será llano; suprimir ministerios, y reducir provincias, y disminuir empleos, y moralizar la administración, al propio tiempo que se fomente la agricultura, proteja la industria y aliente al comercio. Salvar la Hacienda y el crédito de España es empresa titánica, a que todos deben contribuir, gobiernos y pueblos. Menester es que, mientras se hagan milagros de economía, seamos todos muy españoles, estimando en mucho las cosas del país, apeteciendo sólo las útiles del extranjero… En una nación hoy poderosísima, languideció en tiempos pasados la industria, su principal fuente de riqueza, y estaba la Hacienda mal parada y el reino pobre. Del Alcázar Real salió y derramose por los pueblos una moda: la de vestir sólo las telas del país. Con esto la industria, reanimada, dio origen dichoso a la salvación de la Hacienda y a la prosperidad del reino.
Carta manifiesto dirigida en 1869 por el pretendiente carlista al trono de España, Carlos VII (1848-1909), a su hermano don Alfonso de Borbón y Austria-Este (1849-1936), que en 1931 se convirtió en su sucesor con el nombre de Alfonso Carlos I.
El Derecho Mercantil debe preconizar severidad inflexible en la vigilancia por la diafanidad de los negocios y para salvaguarda de la confianza y de la buena fe de los ciudadanos honestos (…). En estos nuestros días, que son los de moral fácil, de arribismos desenfrenados, de empresas turbias, de negocios tentadores, con sólo la mira del lucro sin entrañas, bajo el espejuelo de cifras por cientos de millones, palacios grandiosos, lujosas oficinas y Consejos de Administración formados por personajes decorativos, la Ley y el Derecho han de crear los cauces por los que discurran la honradez y la moderación en los tratos y negocios (…)
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Diego María Crehuet del Amo (1873-1956), notario, magistrado, Presidente de la Audiencia Territorial de Cáceres (1925), Fiscal General del Tribunal Supremo (1925-1927), Presidente de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo (1927-1931), etc.
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Pocos pueblos de tan pequeña categoría por su vecindario, posición local y otras circunstancias particulares, desventajosas algunas, han tenido los medios y elementos de Cáceres para poder engrandecerse y llegar a un grado de civilización y de cultura, que pudiera competir con ciudades más ricas y populosas.
Nuestro sentido de la venganza es tan exacto como las matemáticas, y hasta que los dos términos de la ecuación no se satisfagan no podremos librarnos de la sensación de que hay algo sin hacer
Es un bravo acto de valor despreciar la muerte, pero ahí donde la vida es más terrible que la muerte, el verdadero valor consiste en atreverse a vivirla
A veces deberemos movernos rápido como el viento, lento como el bosque, raudo y devastador como el fuego, inmóvil como una montaña
Los redactores, en su mayoría, suelen ser sujetos que, no sirviendo para ninguna otra cosa, se dedican a periodistas
La rectitud llevada al exceso se convierte en dureza; la benevolencia practicada sin medida degenera en debilidad.
Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejercitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron
Los habitantes de la tierra se dividen en dos:
los que tienen cerebro pero no religión,
y los que tienen religión pero no cerebro.